El temor de que la IA sustituya a los abogados junior parte de una idea equivocada: asumir que la IA reemplazará tareas sin cambiar la naturaleza del trabajo legal. En realidad, la IA está transformando el tipo de valor que aporta el abogado, no eliminándolo.
Durante décadas, la carrera jurídica siguió un guion bastante previsible: los abogados junior empezaban investigando jurisprudencia interminable, revisando contratos a altas horas y organizando documentos en carpetas digitales con nombres como FINAL_definitivo_v7_OK2. Era casi un ritual iniciático.
Pero la inteligencia artificial ha decidido que ese modelo de aprendizaje ya no es el más eficiente.
Lejos de anunciar el fin de los abogados junior, la IA está obligando a la profesión a replantearse algo mucho más interesante: cómo se forma un abogado valioso hoy. Y la respuesta no pasa por trabajar más horas ni por revisar más documentos, sino por desarrollar antes las capacidades que realmente generan valor.
El mito de la “crisis del junior”
Existe un temor recurrente en los despachos: si la IA puede redactar contratos, revisar documentos y sintetizar jurisprudencia en segundos, ¿cómo aprenderán los abogados jóvenes?
La respuesta corta: de otra manera. La respuesta honesta: probablemente mejor.
La automatización está reduciendo muchas de las tareas rutinarias que tradicionalmente servían como campo de entrenamiento. Pero esas tareas nunca fueron el verdadero valor del abogado; eran solo el camino hacia el desarrollo del criterio profesional.
Hoy ese camino debe rediseñarse. La IA no elimina el aprendizaje: elimina el aprendizaje por repetición mecánica. Y eso obliga a los despachos a ser más intencionales en la formación.
Porque, admitámoslo: pasar horas revisando versiones casi idénticas de un contrato no siempre ha sido el método pedagógico más sofisticado del mundo jurídico.
Los despachos ahora deben rediseñar la formación hacia:
· aprendizaje basado en supervisión y mentoring,
· uso responsable de IA,
· desarrollo de criterio y habilidades relacionales y
· comprensión del negocio del cliente.
Del “learning by doing” al “learning by thinking”
Si las tareas técnicas básicas se automatizan, el aprendizaje debe desplazarse hacia competencias de mayor valor desde el inicio de la carrera. Entre ellas:
- pensamiento crítico
- capacidad de síntesis
- comunicación clara
- toma de decisiones
- gestión de proyectos y expectativas
Esto implica que el modelo tradicional de “aprende haciendo tareas repetitivas durante años” deja paso a un modelo basado en mentoring, supervisión activa y exposición temprana al cliente.
Los juniors deberán participar antes en conversaciones estratégicas, entender el contexto empresarial de los asuntos y desarrollar criterio. Es decir: convertirse en profesionales valiosos más rápido.
No es una mala noticia. Tampoco es opcional.
Inteligencia híbrida: el nuevo estándar profesional
Aquí entra en juego un concepto clave que no solo interesa a los abogados juniors, sino a todos los abogados: la inteligencia híbrida. No se trata de elegir entre humanos o IA, sino de diseñar una colaboración inteligente entre ambos.
La tecnología puede analizar grandes volúmenes de información en segundos. Pero no puede asumir responsabilidad profesional, interpretar contextos complejos ni generar confianza con un cliente en un momento crítico. Ese sigue siendo territorio humano.
El profesional jurídico del futuro será aquel capaz de combinar:
- herramientas de IA para eficiencia y análisis,
- juicio humano para interpretación y decisión, y
- habilidades relacionales para generar confianza.
La IA produce respuestas a preguntas que el l abogado produce con criterio; y el mismo criterio sirve para analizar las respuestas. En un mercado saturado de información, el criterio se convierte en el verdadero activo diferencial.
Power skills: de “soft” no tienen nada
Durante años se habló de “soft skills”. Quizá fue un error de marketing. Porque hoy son claramente power skills.
La capacidad de construir relaciones, comunicar con claridad, pensar críticamente o adaptarse al cambio se está convirtiendo en el núcleo del valor profesional. Especialmente en profesiones basadas en la confianza.
En un entorno donde la IA puede generar documentos jurídicos en segundos, lo que diferencia a un abogado no es solo lo que sabe, sino:
- cómo interpreta,
- cómo explica,
- cómo asesora, y
- cómo genera seguridad en el cliente.
La conexión humana deja de ser un complemento para convertirse en ventaja competitiva.
Y esto tiene implicaciones directas en la formación de los juniors. Si queremos abogados capaces de aportar valor estratégico, debemos entrenarlos desde el principio en estas competencias. Sí, incluso en comunicación con clientes. Sí, incluso en empatía profesional. Sí, incluso en formular buenas preguntas en lugar de solo dar respuestas rápidas.
Spoiler: saber hacer prompts no sustituye saber pensar. Y los prompts ya los puede hacer la misma IA, desde ideas desordenadas y poco enfocadas que le propones.
¿Qué deberían hacer los despachos?
La pregunta ya no es si la profesión está cambiando. Es cómo adaptarse con rapidez y sentido estratégico. Algunas líneas de acción son claras:
1. Rediseñar la formación interna. Menos aprendizaje basado en acumulación de tareas repetitivas y más desarrollo estructurado de criterio, negocio y habilidades relacionales.
2. Integrar la IA en el aprendizaje. No como sustituto del abogado junior, sino como herramienta que le permita comprender mejor el contexto y formular mejores análisis.
3. Reforzar mentoring y feedback. Si la experiencia ya no se adquiere solo por repetición, debe construirse mediante acompañamiento activo.
4. Exponer antes a los juniors al cliente. Comprender necesidades y expectativas desde el inicio acelera el desarrollo profesional.
5. Medir el valor de forma diferente. El valor del junior no debe evaluarse solo por horas facturables, sino por aprendizaje, contribución y desarrollo de competencias clave.
La profesión jurídica siempre ha evolucionado, aunque a veces con prudencia, pero la inteligencia artificial está acelerando ese proceso. Paradójicamente, cuanto más avanzada es la tecnología, más importante se vuelve lo humano.
El futuro no pertenece a los abogados que compiten con la IA en velocidad de redacción, sino a los que la utilizan para pensar mejor, asesorar mejor y relacionarse mejor. A los que combinan excelencia técnica con inteligencia relacional. A los que entienden que el valor jurídico no está solo en producir documentos, sino en generar claridad y confianza.
Y quizá la próxima generación de abogados junior mirará atrás con cierta incredulidad y pensará: “¿De verdad aprendían solo haciendo tareas repetitivas durante años?”
No será el fin de la profesión. Será el inicio de una versión más inteligente —y más humana— de ella.
Si la IA elimina las tareas que tradicionalmente formaban a los abogados junior, ¿estamos preparados para diseñar de forma consciente un nuevo modelo de aprendizaje que desarrolle criterio, confianza y verdadero valor profesional desde el primer día?
Opinión
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