Durante años, el debate sobre honorarios en el sector legal ha estado marcado por una tensión constante: cómo equilibrar eficiencia con rentabilidad sin erosionar la percepción de valor del servicio. La facturación por horas, que dominó el mercado durante décadas, comenzó a ser cuestionada por su falta de predictibilidad y por incentivar, en algunos casos, estructuras poco eficientes. En respuesta, surgieron modelos alternativos —honorarios fijos, esquemas por éxito, tarifas mixtas o suscripciones— que buscaban alinear mejor el precio con el valor percibido por el cliente.
Sin embargo, el avance acelerado de la inteligencia artificial introduce una variable que no estaba presente en esa discusión: la opacidad del trabajo legal. Hoy, un abogado puede analizar jurisprudencia en minutos, generar borradores contractuales complejos en segundos o estructurar estrategias legales con apoyo de herramientas como Harvey AI, Lexis+ AI, Magnar, VLex, Saga, por citar algunas especializadas. Este salto en eficiencia no es un secreto. El cliente también utiliza estas tecnologías en su día a día, lo que transforma profundamente su expectativa sobre cómo se produce el servicio legal.
Aquí emerge una pregunta que empieza a instalarse, aunque todavía no siempre se formule de manera explícita: ¿está el cliente dispuesto a pagar lo mismo por un servicio cuyo proceso percibe como parcialmente automatizado? No se trata de una resistencia a la tecnología, sino de una cuestión de coherencia entre precio y valor percibido. Antes, el cliente no tenía visibilidad sobre cómo se construía un entregable jurídico; hoy, tiene referencias, puntos de comparación y, en muchos casos, una experiencia directa con herramientas que producen resultados similares —al menos en apariencia— a los que recibe de su abogado.
Este fenómeno no crea un problema nuevo, pero sí acelera uno existente: la tensión entre valor y transparencia. Informes del sector como los desarrollados por el Thomson Reuters Institute ya venían advirtiendo una presión sostenida sobre las tarifas legales y una creciente exigencia de los clientes por entender qué están pagando. En la misma línea, el Clio Legal Trends Report ha evidenciado que la transparencia en precios y procesos es uno de los factores más valorados por los clientes al momento de contratar servicios legales. La inteligencia artificial no hace más que profundizar esta expectativa, al reducir la distancia entre lo que el cliente imagina y lo que cree que ocurre realmente.
Frente a este escenario, muchos abogados han optado por un enfoque silencioso: utilizan inteligencia artificial, pero no la integran en su narrativa de valor. La herramienta queda fuera del discurso comercial, como si su uso pudiera debilitar la percepción del servicio. Este enfoque, sin embargo, parte de una premisa equivocada. Asume que el cliente no entenderá o no valorará el uso de tecnología, cuando en realidad ocurre lo contrario: la falta de transparencia es lo que genera desconfianza.
La oportunidad estratégica está, precisamente, en invertir esa lógica. No se trata de ocultar la inteligencia artificial, sino de integrarla dentro de la propuesta de valor. Explicar en qué etapas del servicio interviene, cómo se utiliza, cuáles son sus límites y, sobre todo, dónde comienza y termina el criterio profesional del abogado. Porque si algo queda claro en este nuevo contexto es que el valor ya no reside en la mera producción del documento, sino en la capacidad de definir correctamente el problema, formular las preguntas adecuadas, validar la calidad del resultado, ajustarlo al contexto específico del cliente y asumir la responsabilidad profesional sobre sus consecuencias.
En ese desplazamiento —del hacer al dirigir, validar y responder— aparece una idea que, hasta hace poco, parecía en retirada: la posible revalorización de la hora facturable. No en su versión tradicional, asociada a ineficiencias o incentivos perversos, sino como una unidad de medida distinta. En un entorno donde la inteligencia artificial ejecuta gran parte del trabajo operativo, el tiempo del abogado adquiere un nuevo significado. Ya no se trata de cuánto tarda en producir un documento, sino de cuánto invierte en supervisarlo, corregirlo, contextualizarlo y garantizar que cumple con los estándares legales y estratégicos requeridos.
Bajo esta lógica, la hora facturable deja de ser un reflejo de esfuerzo operativo para convertirse en una expresión del juicio profesional aplicado en tiempo real. El cliente no paga por la elaboración del documento en sí, sino por la intervención experta que asegura su calidad, pertinencia y seguridad. Esto no implica un retorno puro al modelo tradicional, sino la evolución hacia esquemas híbridos donde conviven tarifas estructuradas por entregable con componentes variables asociados a la supervisión, iteración o ajuste del servicio.
Este tipo de modelos permite mantener la predictibilidad que el cliente exige, sin renunciar a capturar el valor real que aporta el abogado en un entorno cada vez más automatizado. Al mismo tiempo, abre un espacio de diferenciación relevante en mercados —como el latinoamericano— donde muchos servicios legales comienzan a percibirse como intercambiables. La transparencia en el uso de inteligencia artificial, lejos de erosionar la propuesta de valor, puede convertirse en un elemento distintivo que refuerce la confianza y reduzca la presión sobre honorarios.
En última instancia, el debate no es tecnológico, sino estratégico. La inteligencia artificial no está redefiniendo únicamente cómo se trabaja, sino cómo se percibe el trabajo. Y en el sector legal, donde la confianza es el principal activo, esa percepción es determinante. El cliente ya no paga únicamente por un resultado, sino por la seguridad de que ese resultado ha sido construido, revisado y validado bajo el criterio de un profesional que entiende sus implicancias.
La pregunta, entonces, no es si el abogado debe usar inteligencia artificial —eso ya es un estándar emergente—, sino si está dispuesto a transparentar su uso y a reconstruir su modelo de valor a partir de ello. Porque en un mercado donde la eficiencia será cada vez más accesible, lo verdaderamente escaso no será la capacidad de producir documentos, sino la capacidad de generar confianza sobre cómo y por qué esos documentos son correctos.
Citas
(*) Wilfredo M. Murillo Tapia. Socio Director de Xtrategia Group. Especialista en management y marketing especializado para el sector legal en Latinoamérica. Ha trabajado en más de 200 proyectos con firmas de abogados y gerencias legales. Legalheadhunter.
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